Y me paro enfrente tuyo. Lloro. Te enseño mis manos manchadas de lágrimas, pena y dolor. Volteas tus ojos. Mi corazón estalla ante la incertidumbre de tu gesto. Será rabia, será desconsuelo, o simple, maldita y estúpida indiferencia.
Tu cuerpo sigue tu mirada. Mis piernas no son tan fuertes. Caigo sobre mis rodillas, y el peso de mi oscuridad hace que el suelo se rompa ante mi impotencia.
Empiezas a alejarte. Extrañamente de mis piernas rápida pero sigilósamente brotan unas raices ásperas, tenebrosas, inquietas. Se clavan en el suelo con tal vehemencia, que siento en mi sangre el sabor a tierra mojada. Te grito en desespero.Tu te contentas con hacer un gesto rápido y estrenduoso con tu mano izquierda. Mi corazón ahora se achicharra. SI era indiferencia.
Sigues caminando lejos. Mis raices han dado paso a un tronco maderoso en el que se convertido mitad de mi cuerpo. Nuevamente trato de gritarte inutil. De mi boca emanan un par de mariposas sonsas que me asustan con su mirada cómplice. Hago un último esfuerzo por salir corriendo.... no lo logro. Los árboles nunca salen corriendo.
A medida que tu figura desaparece allá donde el arco iris se dilata en gotitas de rocio, mis dedos ya no son más que unas hojas verdes acarameladas, gigantes, espaciosas. Mis ojos se cierran a medida que mi rostro se desfigura en patrones incomprensibles en la madera jóven. Me pregunto si todos los árboles del bosque alguna vez fueron enamorados no correspondidos y ahora olvidados. Aunque ya no puedo ver, oler o escuchar, a través de mis hojas, raíces, y tronco percibo un mundo aparente. Un universo que cree que la soledad es el mejor de los males, y el amor, el peor de los remedios.
Un día vuelves. Llenas mi sombra de risas y candor. Te recuestas sobre lo que me parece recordar algún día fueron mis piernas. Me abrazas ingenua.
Mi sonrisa te deja caer una flor.
Un día
Un día desperté y encontré que mi amor por tí había muerto. Lo dejaste olvidado en nuestro bar, entre mis sonrisas, tus besos y nuestras copas de vino. Muchas veces logré alimentarlo con la ternura de mis palabras, con el aliento de mi esperanza y con la fuerza de mi voz. Sin embargo, los amores no necesitan de uno para sobrevivir, necesitan de dos.
A veces en las tardes de domingo le nacían unas pequeñas hojas verdes naranja, cuando como por accidente algún hermoso pensamiento tuyo llegaba hasta sus ramas. Pero el verano despiadado de tus miedos finalmente logró marchitar sus entrañas.
Entre las hojas resecas de su recuerdo recojo el inigualable sabor de tus labios, y lo guardo entre aquel viejo libro de poemas que prometí escribirte, para poderlo mirar a través de mis lágrimas, olerlo entre mis párpados, y saberlo lejano, liviano e infrecuente.
Con algo de rabia y con la sonrisa del futuro cierto, cierro detrás de mí el viejo libro de poémas que algún día prometí escribirte, y me olvido de tí, de tu pelo sudoroso en mi cuerpo, de tus besos libres al viento, de tu nombre.... de tus despiadados sueños.
A veces en las tardes de domingo le nacían unas pequeñas hojas verdes naranja, cuando como por accidente algún hermoso pensamiento tuyo llegaba hasta sus ramas. Pero el verano despiadado de tus miedos finalmente logró marchitar sus entrañas.
Entre las hojas resecas de su recuerdo recojo el inigualable sabor de tus labios, y lo guardo entre aquel viejo libro de poemas que prometí escribirte, para poderlo mirar a través de mis lágrimas, olerlo entre mis párpados, y saberlo lejano, liviano e infrecuente.
Con algo de rabia y con la sonrisa del futuro cierto, cierro detrás de mí el viejo libro de poémas que algún día prometí escribirte, y me olvido de tí, de tu pelo sudoroso en mi cuerpo, de tus besos libres al viento, de tu nombre.... de tus despiadados sueños.
...tu
La torpeza de la página vacía está presente. Convoca mis letras una a una. Las llama con silencio sobrehumano.
Mis palabas van llegando, van poblando el paisaje inerte.
De pronto quieran hablar de tí, de lo silencioso que se siente el placer de tu mano en mi mano, de los veranos en enero y del presente ausente. O quizás tal vez, quieran hablar en cambio de tí. De mis cuadernos llenos de figuras con tu nombre, de mis perros y tus gatos, de mis gatos y tu poesía, del invierno de nuestras lágrimas, de las caminatas bajo la lluvia y de nuestros vuelos sobre el mar, tan amplio como nuestro amor embravesido.
Puede ser que se refieran a tí. A la tarde del sábado sudoroso iluminado por el ron y tu sexo elocuente. A las tinas y a mi soledad. Al tren, a nuestras risas. Al pasado indescente. A veces te piensan a tí, a tu boca amando al cigarrillo, a tu piel morena, a tus dibujos sin sentido y a tu amor triste, lejano y esquivo.
Me gustaría que mis palabras te hablaran a tí. Te sacaran de tu prisión de todos los años, reconstruyeran tu fuerza, te llevaran al mundo donde la luna brilla de día y tu corazón ilumina siempre la oscura noche. O quizás, mis versos te toquen a tí. Alcancen tu demencia, corran detrás de tus andares inconclusos, vuelen en tu canto, vivan en el licor de tu aliento.
Seguramente mis palabras nunca llegarán a tí. No sabrán de tus creencias en el destino, no escucharan tu dolor. No se subiran a tu carro, no conoceran de tus angustias del mundo aparante y claramente no abrazaran tus orgasmos bajo la lluvia incandescente.
De pronto mis palabras no vuelvan a saber de tí. De tus preguntas sin sentido, de tu desnudez jóven, de los gritos, de los golpes, de lo que nunca fue, del hello kitty rosado alucinando en tu mente.
Tanto tienen que decir mis palabras de tí, que por el momento, solo quiero que hablen de mí. De mi padre, de mis rezos. De las noches en júpiter, de mis bailes al viento. De todo lo que te escribo y lees, y te gusta. De todo lo que escribo y no lees, y no sabes ni siquiera que no te gusta. Del mundo que quiero salvar, del paraíso que quiero que me salve. De los hombres de mis cuentos que a veces son yo, de las mujeres en mis cuentos, que no quieren ser tú. De mi madre, de mi esfuerzo, de mis lágrimas y sobretodo, de lo mucho que extraño todos, todos tus hermosos besos.
Mis palabas van llegando, van poblando el paisaje inerte.
De pronto quieran hablar de tí, de lo silencioso que se siente el placer de tu mano en mi mano, de los veranos en enero y del presente ausente. O quizás tal vez, quieran hablar en cambio de tí. De mis cuadernos llenos de figuras con tu nombre, de mis perros y tus gatos, de mis gatos y tu poesía, del invierno de nuestras lágrimas, de las caminatas bajo la lluvia y de nuestros vuelos sobre el mar, tan amplio como nuestro amor embravesido.
Puede ser que se refieran a tí. A la tarde del sábado sudoroso iluminado por el ron y tu sexo elocuente. A las tinas y a mi soledad. Al tren, a nuestras risas. Al pasado indescente. A veces te piensan a tí, a tu boca amando al cigarrillo, a tu piel morena, a tus dibujos sin sentido y a tu amor triste, lejano y esquivo.
Me gustaría que mis palabras te hablaran a tí. Te sacaran de tu prisión de todos los años, reconstruyeran tu fuerza, te llevaran al mundo donde la luna brilla de día y tu corazón ilumina siempre la oscura noche. O quizás, mis versos te toquen a tí. Alcancen tu demencia, corran detrás de tus andares inconclusos, vuelen en tu canto, vivan en el licor de tu aliento.
Seguramente mis palabras nunca llegarán a tí. No sabrán de tus creencias en el destino, no escucharan tu dolor. No se subiran a tu carro, no conoceran de tus angustias del mundo aparante y claramente no abrazaran tus orgasmos bajo la lluvia incandescente.
De pronto mis palabras no vuelvan a saber de tí. De tus preguntas sin sentido, de tu desnudez jóven, de los gritos, de los golpes, de lo que nunca fue, del hello kitty rosado alucinando en tu mente.
Tanto tienen que decir mis palabras de tí, que por el momento, solo quiero que hablen de mí. De mi padre, de mis rezos. De las noches en júpiter, de mis bailes al viento. De todo lo que te escribo y lees, y te gusta. De todo lo que escribo y no lees, y no sabes ni siquiera que no te gusta. Del mundo que quiero salvar, del paraíso que quiero que me salve. De los hombres de mis cuentos que a veces son yo, de las mujeres en mis cuentos, que no quieren ser tú. De mi madre, de mi esfuerzo, de mis lágrimas y sobretodo, de lo mucho que extraño todos, todos tus hermosos besos.
El cubo
En esta esquina del bar te conocí. Tenías los ojos perdidos en algún recuerdo lejano desprovisto de todo pudor y lógica. Aún así, me sacudiste con tu belleza amazónica. Varias veces tuve que gritarte para que volvieras de allá donde estabas, a donde nunca me llevarías y de donde no traerías ni por lo menos un pensamiento. Finalmente cuando por fin pude hacerme entender, me aceptaste con la sonrisa más hermosa nunca conocida.
En esta otra esquina del café empezamos a hablar. Me deslumbraste con tu simpleza intelectual, que aunque desprovista de toda disciplina o rigor, tenía la particularidad de ofrecer certezas y visiones increiblemente acertadas. Salimos a caminar en el verano de enero, tórpemente cogidos de la mano y sin más palabras que nuestras sonrisas nerviosas y una que otra mariposa que se escapaba de mi estómago.
En esta esquina de mi casa te hice el amor sin más preludios que unos discos y una taza de te. Te traté con la ternura y dulzura con la que uno alza un infante de pocos meses. Besé inquieto tu cuerpo, desnudé mi alma, mis ojos y mi razón, con tal de poder ingresar no solo por tu puerta, sino meterme por cada ventana, cada desagüe, cada pequeña endidura de tu palacio inmenso. La felicidad me atropelló cuando fuí tuyo, cuando te entregué todo aquello que tenía guardado para tí sin saberlo. No sé, pero creo que me estoy enamorando.
En esta esquina del planeta te dije TE AMO sin detenerme a pensarlo. Fue tan natural y espontáneo, que más tarde reportaron los noticieros que el tiempo se había detenido unos segundos haciendo que las golondrinas se estrellaran contra los ángeles y se perdieran varios veleros.
En esta esquina del parque te ví realmente por primera vez. No eras ya la adolescente imponente, ni la razón de respirar profundo cada mañana. Simplemente una mujer más, sin más sabiduría que unas cuantas pocas arrugas y la calma de su sonrisa. Estoy seguro que ahora si te amo y no podría vivir sin tí.
En esta esquina del cementerio me dijiste que era hora de partir. Que ya no soportabas mis faltas, mis erores, mi oscuridad perpetua. Que siempre habías tenido claro que el mundo te esperaba a ti sola, para seducirte de aventuras y esperanzas. Me dijiste, vete ya.
En esta esquina del bus te pienso. Recorro la ciudad desde el trabajo hasta mi casa, sin más consuelo que un huevo frito y un par de salchichas que me esperan para conversar del día a día. Entre lágrimas me acuesto. Los recuerdos me nublan el sentimiento. No encuentro el sentido de este despertar, café, corbata, bus, clientes, gritos, sopa, carne, arroz, cuentas, lluvia, bus, soledad, cigarrillo, invierno.
En esta esquina del paraíso por fin te suelto. Una vieja compañera vino a recogerme. Su nombre es muerte. Nos fuimos hablando de como nadie la entiende, de como nadie comprende su amor eterno por cada uno de nosotros, su espera, su deseo de tenernos. Me toma de la mano y tu recuerdo se esfuma, allí en la esquina final del viento. Te olvido pero sé, que siempre me amarás en silencio.
En esta otra esquina del café empezamos a hablar. Me deslumbraste con tu simpleza intelectual, que aunque desprovista de toda disciplina o rigor, tenía la particularidad de ofrecer certezas y visiones increiblemente acertadas. Salimos a caminar en el verano de enero, tórpemente cogidos de la mano y sin más palabras que nuestras sonrisas nerviosas y una que otra mariposa que se escapaba de mi estómago.
En esta esquina de mi casa te hice el amor sin más preludios que unos discos y una taza de te. Te traté con la ternura y dulzura con la que uno alza un infante de pocos meses. Besé inquieto tu cuerpo, desnudé mi alma, mis ojos y mi razón, con tal de poder ingresar no solo por tu puerta, sino meterme por cada ventana, cada desagüe, cada pequeña endidura de tu palacio inmenso. La felicidad me atropelló cuando fuí tuyo, cuando te entregué todo aquello que tenía guardado para tí sin saberlo. No sé, pero creo que me estoy enamorando.
En esta esquina del planeta te dije TE AMO sin detenerme a pensarlo. Fue tan natural y espontáneo, que más tarde reportaron los noticieros que el tiempo se había detenido unos segundos haciendo que las golondrinas se estrellaran contra los ángeles y se perdieran varios veleros.
En esta esquina del parque te ví realmente por primera vez. No eras ya la adolescente imponente, ni la razón de respirar profundo cada mañana. Simplemente una mujer más, sin más sabiduría que unas cuantas pocas arrugas y la calma de su sonrisa. Estoy seguro que ahora si te amo y no podría vivir sin tí.
En esta esquina del cementerio me dijiste que era hora de partir. Que ya no soportabas mis faltas, mis erores, mi oscuridad perpetua. Que siempre habías tenido claro que el mundo te esperaba a ti sola, para seducirte de aventuras y esperanzas. Me dijiste, vete ya.
En esta esquina del bus te pienso. Recorro la ciudad desde el trabajo hasta mi casa, sin más consuelo que un huevo frito y un par de salchichas que me esperan para conversar del día a día. Entre lágrimas me acuesto. Los recuerdos me nublan el sentimiento. No encuentro el sentido de este despertar, café, corbata, bus, clientes, gritos, sopa, carne, arroz, cuentas, lluvia, bus, soledad, cigarrillo, invierno.
En esta esquina del paraíso por fin te suelto. Una vieja compañera vino a recogerme. Su nombre es muerte. Nos fuimos hablando de como nadie la entiende, de como nadie comprende su amor eterno por cada uno de nosotros, su espera, su deseo de tenernos. Me toma de la mano y tu recuerdo se esfuma, allí en la esquina final del viento. Te olvido pero sé, que siempre me amarás en silencio.
Hola, soy fernando
Hoy me desperté nervioso porque pienso que no vendrás a nuestra cita. Me palpita el corazón y me duele la barriga.
Apenas pude tomarme a sorbos gigantes el café que con tanto esmero me preparó mi mamita lilia. Ella no entiende muy bien el porqué de estos suspiros que me salen del alma cada de cuando en vez, pero seguro sospecha que ya hace rato perdí la inocencia de mi corazón. Es por eso que ahora reza el rosario con mucho más esmero y le pide a las almas del purgatorio que cualquier cosa puede soportar, menos la agonía de otro nieto habido fuera del rigor católico. ... Otro nieto, si supiera solo que su rezadera del bendito rosario me tiene tan casto y puro como la santísima madre maría. Que Dios me perdone pero debería rezarme el rosario a mí más bien, a ver si el tema de hacer milagros se me dá por cargar esta maldición en la que se me ha convertido mi virginidad. Claro que, uno debería oficialmente perder la virginidad, después de un cierto número de masturbaciones. Algo así como un premio insolicito (existirá esa palabra?)... Tome chino, tanto te has consentido tu miembrecito que hemos decidido declararte oficialmente un desvirgado. Ay por dios, que cosas digo.
El hecho es que salí hoy corriendo de mi casa por venir a verte. Practiqué tanto que decirte, como mirarte, que palabras me dirás tú, como tocarte... Me sé todos los movimientos por adelantado. Algo que aprendí del ajedrez. Pensar en todas las posibilidades, en todas las aperturas, enroques y jaque mates. Eso es una partida vencida y ganada, dice mi profe de ajedrecho. No tiene pierde papá.
El tiempo pasa. Trato que el viento no me arrebate la loción que me embadurne por todo el cuerpo (uno nunca sabe) y mucho menos que me cambie el estilo de mi peinado. Si algo sé de tí, es que te gusta que los tipos huelan bueno. A macho con clase, sueles decir. Por eso es que también me gaste mis ahorros en esta camisa de marca. La compré en la tienda que queda al lado de la iglesia. Allá, esa de la vitrina en donde te veo suspirar los domingos después de misa. Quiero que cuando me veas, suspires de igual forma.
Las horas han pasado. Tu sombra no deja rastro. Te he confundido varias veces con cualquier niña de pelo alborotado que sube por la avenida, pero nadie como tú. Ninguna sonríe con igual empeño. Eres única mi amor hermoso, espero que algún día tenga el coraje de decírtelo.
Así como espero poder también algún día presentarme, y decirte hola, soy fernando. Soy el niño que huele a macho con clase, que se esmera en parecer el maniquí de la tienda que tanto te gusta y que está dispuesto a dar la vida por un beso tuyo.
Hola, soy fernando y todos los martes a la misma hora vengo a esperarte a la esquina de la avenida ávila con tercera, en donde sé vendrás algún día a reclamar el amor que te dedico en cada partida, cada examen, cada nota musical, cada beso a mi mamita lilia.
Hola, ni siquiera me conoces pero soy fernando, y me voy para mi casa porque la lluvia me arrebató la loción y la esperanza de un sólo lamparazo, y quiero poner a secar las gotas de invierno y llanto que ahora guarda mi camisa nueva.
Hola, soy fernando, y soy porque hoy como nunca, desapareciste para siempre.
Apenas pude tomarme a sorbos gigantes el café que con tanto esmero me preparó mi mamita lilia. Ella no entiende muy bien el porqué de estos suspiros que me salen del alma cada de cuando en vez, pero seguro sospecha que ya hace rato perdí la inocencia de mi corazón. Es por eso que ahora reza el rosario con mucho más esmero y le pide a las almas del purgatorio que cualquier cosa puede soportar, menos la agonía de otro nieto habido fuera del rigor católico. ... Otro nieto, si supiera solo que su rezadera del bendito rosario me tiene tan casto y puro como la santísima madre maría. Que Dios me perdone pero debería rezarme el rosario a mí más bien, a ver si el tema de hacer milagros se me dá por cargar esta maldición en la que se me ha convertido mi virginidad. Claro que, uno debería oficialmente perder la virginidad, después de un cierto número de masturbaciones. Algo así como un premio insolicito (existirá esa palabra?)... Tome chino, tanto te has consentido tu miembrecito que hemos decidido declararte oficialmente un desvirgado. Ay por dios, que cosas digo.
El hecho es que salí hoy corriendo de mi casa por venir a verte. Practiqué tanto que decirte, como mirarte, que palabras me dirás tú, como tocarte... Me sé todos los movimientos por adelantado. Algo que aprendí del ajedrez. Pensar en todas las posibilidades, en todas las aperturas, enroques y jaque mates. Eso es una partida vencida y ganada, dice mi profe de ajedrecho. No tiene pierde papá.
El tiempo pasa. Trato que el viento no me arrebate la loción que me embadurne por todo el cuerpo (uno nunca sabe) y mucho menos que me cambie el estilo de mi peinado. Si algo sé de tí, es que te gusta que los tipos huelan bueno. A macho con clase, sueles decir. Por eso es que también me gaste mis ahorros en esta camisa de marca. La compré en la tienda que queda al lado de la iglesia. Allá, esa de la vitrina en donde te veo suspirar los domingos después de misa. Quiero que cuando me veas, suspires de igual forma.
Las horas han pasado. Tu sombra no deja rastro. Te he confundido varias veces con cualquier niña de pelo alborotado que sube por la avenida, pero nadie como tú. Ninguna sonríe con igual empeño. Eres única mi amor hermoso, espero que algún día tenga el coraje de decírtelo.
Así como espero poder también algún día presentarme, y decirte hola, soy fernando. Soy el niño que huele a macho con clase, que se esmera en parecer el maniquí de la tienda que tanto te gusta y que está dispuesto a dar la vida por un beso tuyo.
Hola, soy fernando y todos los martes a la misma hora vengo a esperarte a la esquina de la avenida ávila con tercera, en donde sé vendrás algún día a reclamar el amor que te dedico en cada partida, cada examen, cada nota musical, cada beso a mi mamita lilia.
Hola, ni siquiera me conoces pero soy fernando, y me voy para mi casa porque la lluvia me arrebató la loción y la esperanza de un sólo lamparazo, y quiero poner a secar las gotas de invierno y llanto que ahora guarda mi camisa nueva.
Hola, soy fernando, y soy porque hoy como nunca, desapareciste para siempre.
El brillo de tus ojos.
Su mirada se perdió en la luna por un breve instante, como un hermoso preludio de lo que habría de suceder. Sin embargo, el encuentro con su vieja amiga no tuvo la certeza suficiente como para llegar a abstraerlo de su voraz carrera.
Enfocó a su presa por allá en la quince con ochenta y cinco... o bueno, lo que quedaba de dicha esquina. Entre las ruinas metálicas de lo que un día suposo ser una bella limusina, se escurrió sin que el mismo silencio lo notara, y se preparó a perseguir su cena por la avenida que tanto impactó su confusa y ya olvidada adolescencia.
Cuando la luna lo encontró mirándola, tanto presa como perseguidor se esforzaban por sortear un espeso laberinto de montañas y ríos de chatarra milenaria que empezaban a ser devorados por una naturaleza torpe y meditabunda. Los viejos paraderos de la quince se disfrazaban de un verde insípido, mientras las tiendas de moda acomodaban una nueva especie de mamíferos tímidos pero convencidos de que por fin había llegado su oportunidad de dominar al planeta.
Por fin, un error fatal de la presa la llevó a caer por el deprimido de la cien, a donde él llegó a reclamar la sangre y sudor que tanto quería sentir corriendo por sus propias venas. Sus dientes se clavaron en la piel de aquel animal con tanta furia y pasión, que el rojo explosivo de dicho encuentro brilló en desespero. La carne aún tibia y llena de adrenalina por la carrera se deslizaba entre sus dientes con una deliciosa satisfacción humeante. Sostenía entre sus dedos al cadáver con tanto salvajismo y emoción, que hubiera sido imposible descifrar que de aquellas inteligentes manos nacían las palabras que enamoraban incautas y que cultivaban sueños.
A medida que su corazón volvía a distraerse y su instinto se derretía en la satisfacción del premio, sus ojos empezaron a danzar nerviosos en el micro entorno del momento. No se dejó cautivar por los graffittis noventeros, los cuales ya habían perdido letras sin sentido, y tampoco por la intricada posición que sostenían algunos vehículos sobre la avenida, la cual desafiaba toda física.
Simplemente, su visión había perdido todo contexto de lo que alguna vez fue y ahora era otra cosa, y ya no encontraba que la belleza emanara de las enredadas figuras que circundan nuestra realidad cotidiana. Él solo buscaba cualquier indicio de amenaza. Cualquier movimiento que lo hiciera transformarse de cazador a presa, y que lo obligara a buscarle refugio a su vida en otra carrera indeterminada sin fin aparente, sin otro motivo que el mero escape a su propia muerte.
Todo parecía estar en calma. La vía láctea se dibujaba en el cielo bogotano con tanto esplendor que le permitía a la luna sonreír a causa de las cosquillas que le propinaban los astros aparentes. El sueño poco a poco empezó a dibujarse en su mirada con tanto ímpetu, que sin preocuparse por el cómo o el porqué, simplemente buscó entre los automóviles un lugar seguro donde refugiarse. Para él, en ese momento e historia, sus antes codiciados bienes no representaban más que un hogar transitorio en el que encontraba algo de paz en este nuevo salvaje mundo que se sostenía entre sus propias penas.
El sol del mediodía se esforzó por encontrarlo profundo entre un sueño intrínseco dentro de otro sueño. Su figura volátil perseguía esplendida, no sólo animales desesperados y presas distraídas; se confundía ingrávida entre los conceptos irrelevantes que algún tiempo atrás formaban su vida. Cazaba indicadores de gestión, se protegía de su propio y elusivo desempeño y volaba entre misiones, visiones y planeaciones estratégicas. Recordando sin entender, olvidando sin reconocer, siendo ahora, antes, mañana, acontecer.
Por eso cuando despertó, ahí mismo en ese lugar sin inflexión, sin presente, pasado o pudor, su mente simplemente se confundió. Sin reconocerlo había pasado la noche entre su propio carro, rodeado de su familiaridad aparente sin que él, en un principio reconociera su propio olor. La escena familiar pero distorsionada, le jugó la peor broma de distracción.
Cuando se incorporó, no reconoció el mundo entre ruinas que su propia especie erigió. Para él era una mañana cualquiera, de aquellas que tantas veces vivió. Volvió a ser, entre aquel espacio tan familiar (su carro detenido entre el trancón de la novena con cien), el hombre que apoyaba su corazón en un castillo de naipes sostenido en el poder sin pasión. De forma casual y poco profunda, mentalmente se quejó del gobierno local por permitir esta movilidad inerme, y sin pensarlo dos veces retomó su celular (que seguía postrado en el mismo lugar donde lo había dejado treinta años atrás), para escribirle a su secretaria y explicar su deserción. También alegó del hecho de no encontrar señal, y de que su radio pareciera haber perdido toda recepción.
" Hasta las señales electromagnéticas se tiró este huevón"- argumentó. Sus palabras desnudas y tiernas resonaron con tan poco sentido en esta selva nueva sin apariencias, que se no reconoció en su tono de voz la insulsa sonoridad de un hombre que llevaba diez años sin pronunciar palabra.
Desperezándose con ese gesto de resignación que todos hacemos cuando nos quejamos del sin sentido que tiene nuestro propio sin sentido, retomó aquella maña temprana de pasar su mano por la frondosa cabellera que cubría sus pensamientos.
Sin embargo algo extraño sucedió. Poco a poco la realidad empezó a tomar posesión. Se reconoció gerente y cazador, hombre, bestia, salvaje depredador. Sus manos, que horas atrás habían despedazado los tiernos muslos de su presa sin hacer alarde de su complexión, de repente recordaron que décadas atrás habían hecho letra su pasión.
¡Recordó!
Recordó que era uno de los pocos sobrevivientes de aquella especie que cambiaba el curso de los ríos, creaba nuevos elementos químicos y nombraba hasta el patrón que las figuras milenarias de millones de soles dibujaban en el cielo.
Recordó aquella mañana en que los misiles empezaron a caer y el mundo se tornó en un infierno cliché que se dibujó en muerte y destrucción. Escuchó los gritos, olió las cenizas, sintió el dolor.
Recordó como tuvo que sobrevivir dejando de ser él para convertirse en un animal que aunque se asemejaba a él, no era más que un gerente de muerte, miedo, y lejano de toda seducción.
A medida que los lobos empezaron a rodear el vehículo, las lagrimas trataron de limpiar su rostro. Supo que no tendría escapatoria de esta celada reunión. Mientras su viejo YO se fundía en recordar, su nuevo YO había fallado al no escapar. La muerte, a la que tantas veces le habia hecho adios con las puntas de sus propios dedos, estaba ahí, sola y con muchas ganas de esperar.
Segundos antes de que millones de colmillos se abalanzaran sobre su viejo cuerpo para reclamar el premio de la más antigua guerra, logró clavar sus ojos sobre aquel verde intenso que le devolvió su propio reflejo en el sucio espejo.
Murió despedazado por los cazadores vengativos una tarde de mayo sin pronóstico, pensando y recordando aquella lejana mujer que una tarde de diciembre valiente había iluminado el cielo con sus hermosos besos escapando a toda suerte, en el eterno brillo de lo que sería nunca y jamas el único verde que te entregan esos, mis ojos resplandecientes.
Enfocó a su presa por allá en la quince con ochenta y cinco... o bueno, lo que quedaba de dicha esquina. Entre las ruinas metálicas de lo que un día suposo ser una bella limusina, se escurrió sin que el mismo silencio lo notara, y se preparó a perseguir su cena por la avenida que tanto impactó su confusa y ya olvidada adolescencia.
Cuando la luna lo encontró mirándola, tanto presa como perseguidor se esforzaban por sortear un espeso laberinto de montañas y ríos de chatarra milenaria que empezaban a ser devorados por una naturaleza torpe y meditabunda. Los viejos paraderos de la quince se disfrazaban de un verde insípido, mientras las tiendas de moda acomodaban una nueva especie de mamíferos tímidos pero convencidos de que por fin había llegado su oportunidad de dominar al planeta.
Por fin, un error fatal de la presa la llevó a caer por el deprimido de la cien, a donde él llegó a reclamar la sangre y sudor que tanto quería sentir corriendo por sus propias venas. Sus dientes se clavaron en la piel de aquel animal con tanta furia y pasión, que el rojo explosivo de dicho encuentro brilló en desespero. La carne aún tibia y llena de adrenalina por la carrera se deslizaba entre sus dientes con una deliciosa satisfacción humeante. Sostenía entre sus dedos al cadáver con tanto salvajismo y emoción, que hubiera sido imposible descifrar que de aquellas inteligentes manos nacían las palabras que enamoraban incautas y que cultivaban sueños.
A medida que su corazón volvía a distraerse y su instinto se derretía en la satisfacción del premio, sus ojos empezaron a danzar nerviosos en el micro entorno del momento. No se dejó cautivar por los graffittis noventeros, los cuales ya habían perdido letras sin sentido, y tampoco por la intricada posición que sostenían algunos vehículos sobre la avenida, la cual desafiaba toda física.
Simplemente, su visión había perdido todo contexto de lo que alguna vez fue y ahora era otra cosa, y ya no encontraba que la belleza emanara de las enredadas figuras que circundan nuestra realidad cotidiana. Él solo buscaba cualquier indicio de amenaza. Cualquier movimiento que lo hiciera transformarse de cazador a presa, y que lo obligara a buscarle refugio a su vida en otra carrera indeterminada sin fin aparente, sin otro motivo que el mero escape a su propia muerte.
Todo parecía estar en calma. La vía láctea se dibujaba en el cielo bogotano con tanto esplendor que le permitía a la luna sonreír a causa de las cosquillas que le propinaban los astros aparentes. El sueño poco a poco empezó a dibujarse en su mirada con tanto ímpetu, que sin preocuparse por el cómo o el porqué, simplemente buscó entre los automóviles un lugar seguro donde refugiarse. Para él, en ese momento e historia, sus antes codiciados bienes no representaban más que un hogar transitorio en el que encontraba algo de paz en este nuevo salvaje mundo que se sostenía entre sus propias penas.
El sol del mediodía se esforzó por encontrarlo profundo entre un sueño intrínseco dentro de otro sueño. Su figura volátil perseguía esplendida, no sólo animales desesperados y presas distraídas; se confundía ingrávida entre los conceptos irrelevantes que algún tiempo atrás formaban su vida. Cazaba indicadores de gestión, se protegía de su propio y elusivo desempeño y volaba entre misiones, visiones y planeaciones estratégicas. Recordando sin entender, olvidando sin reconocer, siendo ahora, antes, mañana, acontecer.
Por eso cuando despertó, ahí mismo en ese lugar sin inflexión, sin presente, pasado o pudor, su mente simplemente se confundió. Sin reconocerlo había pasado la noche entre su propio carro, rodeado de su familiaridad aparente sin que él, en un principio reconociera su propio olor. La escena familiar pero distorsionada, le jugó la peor broma de distracción.
Cuando se incorporó, no reconoció el mundo entre ruinas que su propia especie erigió. Para él era una mañana cualquiera, de aquellas que tantas veces vivió. Volvió a ser, entre aquel espacio tan familiar (su carro detenido entre el trancón de la novena con cien), el hombre que apoyaba su corazón en un castillo de naipes sostenido en el poder sin pasión. De forma casual y poco profunda, mentalmente se quejó del gobierno local por permitir esta movilidad inerme, y sin pensarlo dos veces retomó su celular (que seguía postrado en el mismo lugar donde lo había dejado treinta años atrás), para escribirle a su secretaria y explicar su deserción. También alegó del hecho de no encontrar señal, y de que su radio pareciera haber perdido toda recepción.
" Hasta las señales electromagnéticas se tiró este huevón"- argumentó. Sus palabras desnudas y tiernas resonaron con tan poco sentido en esta selva nueva sin apariencias, que se no reconoció en su tono de voz la insulsa sonoridad de un hombre que llevaba diez años sin pronunciar palabra.
Desperezándose con ese gesto de resignación que todos hacemos cuando nos quejamos del sin sentido que tiene nuestro propio sin sentido, retomó aquella maña temprana de pasar su mano por la frondosa cabellera que cubría sus pensamientos.
Sin embargo algo extraño sucedió. Poco a poco la realidad empezó a tomar posesión. Se reconoció gerente y cazador, hombre, bestia, salvaje depredador. Sus manos, que horas atrás habían despedazado los tiernos muslos de su presa sin hacer alarde de su complexión, de repente recordaron que décadas atrás habían hecho letra su pasión.
¡Recordó!
Recordó que era uno de los pocos sobrevivientes de aquella especie que cambiaba el curso de los ríos, creaba nuevos elementos químicos y nombraba hasta el patrón que las figuras milenarias de millones de soles dibujaban en el cielo.
Recordó aquella mañana en que los misiles empezaron a caer y el mundo se tornó en un infierno cliché que se dibujó en muerte y destrucción. Escuchó los gritos, olió las cenizas, sintió el dolor.
Recordó como tuvo que sobrevivir dejando de ser él para convertirse en un animal que aunque se asemejaba a él, no era más que un gerente de muerte, miedo, y lejano de toda seducción.
A medida que los lobos empezaron a rodear el vehículo, las lagrimas trataron de limpiar su rostro. Supo que no tendría escapatoria de esta celada reunión. Mientras su viejo YO se fundía en recordar, su nuevo YO había fallado al no escapar. La muerte, a la que tantas veces le habia hecho adios con las puntas de sus propios dedos, estaba ahí, sola y con muchas ganas de esperar.
Segundos antes de que millones de colmillos se abalanzaran sobre su viejo cuerpo para reclamar el premio de la más antigua guerra, logró clavar sus ojos sobre aquel verde intenso que le devolvió su propio reflejo en el sucio espejo.
Murió despedazado por los cazadores vengativos una tarde de mayo sin pronóstico, pensando y recordando aquella lejana mujer que una tarde de diciembre valiente había iluminado el cielo con sus hermosos besos escapando a toda suerte, en el eterno brillo de lo que sería nunca y jamas el único verde que te entregan esos, mis ojos resplandecientes.
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