A e I

Ismael era lo que llamamos un tipo refinado. Gentil y certero en sus formas, fino y elegante en su caminar. Sus principios, rígidos como un monumento viejo e intocable erigido a la feroz constancia de sus padres, su voluntad, sólida como el sustento sobre el cual caminaba. No existía mal que él no anticipara, ni desliz que él permitiera. El mundo para él, se desenvolvía segundo a segundo bajo el escenario estricto en unas leyes bienaventuradas de trasfondo divino, que ningún hombre tenía derecho o argumento supremo para intentar cambiar.
Alberto por el contrario, era un arco iris de emociones al galope triste, refundido en el significado de los sueños contrarios y la errancia de la poesía mística. Sus ademanes no tenían sentido, y sus pensamientos saltaban con tanta audacia de un tema al otro, que cualquier espectador distraído hubiera confundido el discurso fantástico de aquél quijote de los molinos, con la jerigonza barata de los dicharacheros de un circo.
Sin embargo, el día que se encontraron, ambos aterrizaron unísonos en el estupor de un clima incoherente. Sintonizaron la misma frecuencia de asombro, porque aunque no se conocían, su vestimenta era un reflejo contrario pero idéntico, de un modelo exacto pero traducido en un estilo distinto. Bluyín, camisa azul, chaqueta negra y tenis, cada uno descifrado de acuerdo a su propia sinergia sintética con la moda. Pero, no fue únicamente eso lo que los detuvo minutos largos en el bullicio de la trashumancia de la madrugada gris. Esa fue la menor de sus preocupaciones. Resultó ser que físicamente eran idénticos. Sus ojos revelaban el mismo ocre miel de las galletitas de cinco pesos de las tiendas baratas. Sus labios propinaban igual candor a las muchachas inesperadas. El contorno de su barba, el color de sus pestañas, el olor de su voz y la resequedad de su aliento, todo parecía una pieza calcada de un molde frío bajado del fragor de las montañas. Era tan impresionante la similitud de su apariencia, que los transeúntes hormigas saltarinas empezaron a disminuir el contorno de sus pasos y a sostener atónitos el estupor de su mirada, ante aquella escena insólita que desdibujaba la rutina pasajera. No faltó quien capturara la película en su celular alternativo, o aquel que esperaba ya depositar la limosna enérgica en lo que consideraba una representación distinta de los teatreros urbanos de turno. Los minutos sortearon el encuentro, hasta que uno de los dos tomó la decisión insólita de continuar su camino, sin que antes ambos se fundieran por completo en una mirada incrédula pero fraterna, en la que no comprendieron cada uno desde su mundo, que nunca y para siempre, sus vidas volverían a continuar al mismo ritmo.
Esa tarde, el vice presidente de asuntos importantes y financieros de la corporación colombiana de compras y servicios, Ismael Aranda, se detuvo un minuto en su presentación gerencial ante la junta directiva, para preguntarse públicamente por qué las luces de agosto no tenían el brillo formal del calor de septiembre, mientras que su contra parte, el instruido y carismático vendedor de libros, Alberto Ordoñez, encontraba un sin sentido los inmensos grafitis tristes del puente de la carrera novena con calle cien. Ambos hechos, aunque inusuales, pasaron luego inadvertidos por ambos personajes en su aventura ínfima, y no concluyeron en ellos el lento devenir del destino cruzado del encuentro fortuito que nunca debió ocurrir, ni conectaron su mirada profunda con lo que cualquiera pudiera considerar un errar de la providencia exacta.
Como un par de ondas sinusoidales en busca de sincronismo, lenta pero contundentemente, la formalidad y eficiencia del uno, se fue transformando en jardín espeso pero apacible, donde las abejas milenarias empezaron a tejer las historias de sus enanos grises, amparadas en sendos hilos de colores miles. En cambio de igual manera y en sentido contrario, los viajes espaciales y fantásticos del otro, fueron postergados minutos cientos, mientras se confirmaba por el temido departamento de contabilidad personal, que la viabilidad de aquellos vuelos imaginarios estuviera de acuerdo a la recientemente propuesta y decretada política de ajuste presupuestal.
Y así, mientras las gotas de lluvia escurrían el jardín del que iba y embadurnaban los cuadros, papeles y formatos del que venía, llegaba la hora y el momento que ambos no eran más que dos productos clones de una genética libre, hasta tal punto que sus palabras, pensamientos, dolores, chistes y redenciones, ocurrían a la misma hora y de la misma manera, sin que ninguno se diera por enterado del acontecer del otro. Incluso, tomaron el mismo avión a la misma hora, y sentados en puestos simétricos y opuestos volaron hacia algo que no era su destino, sin que tuvieran tiempo de reaccionar y hablar de la ironías inconclusas de la vida, como la del cuento aquel de dos gemelos que sin serlo, encontraron la felicidad tomando del otro el espacio necesario y ajeno que los llevaría a encontrar el tiempo y las ilusiones perdidas, y como no, la que ahora es, su inminente y desesperada muerte.

Se me refundió el papel

¿Y qué tal si un día te miras al espejo y ya no estás ahí? Y no hablo de que el espejo se haya dañado, o que por algún truco diabólico tu figura se transforme en otro rostro, en otra faz.
¿Qué tal si esa precisa mañana mientras en el terco afán de la rutina diaria, te miras como siempre a la ventana de tus sueños y descubres, que esos verdes ojos necios ya no son los mismos? ¿Qué tal si ese tu suave aliento, se siente frío y distante, y tu sonrisa no sonríe como tu sabes que sonríe, sino que se parte en una mueca sin sentido que te desconoce y se burla de tu asombro?
¿Podrás entonces acaso demostrarle al mundo jarto, que aquel hombre que se mueve distinto en tu ropa, que besa los labios de tu mujer sin mayor trascendencia, que habla con tu voz del apego que le tienes a las cosas que ahora odias, ya no eres tú?
¿O te quedarás atrapado en una maldición palpable, en una carcel sin ventanas ni salidas, en un holograma triste de un universo sin nombre, donde la verdad de tus días ha muerto, donde el amor se olvidó de tí y donde tus letras ya no significan lo mismo para absolutamente nadie?
¿Y qué tal si más bien te dejas de mirar al espejo, te terminas tu café, y sales corriendo a la oficina que ya se te hizo tarde?

El sol de la mañana

"Dime que me amas."
Mis palabras inertes en el eco reluciente de su sombra.
"Por favor, dime que me amas." -insisto.
La súplica tiene su impacto.
"Por dios alejandro, ya hemos hablado un millón de veces de esto." -responde.
Más que el peso de su enunciado, me aplasta insensato el odio fulminante de su mirada.
Horas más tarde sigo caminado zombie las avenidas de esta ciudad somnífera. Mi voz aún no me encuentra. Mis pensamientos son un amalgama espesa de mundos sin sentido. Me pregunto, afirmo, dudo, aseguro, lloro, nunca río, camino, me desvío.
Finalmente llego a mi hogar, mi ropa desnuda se tumba triste sobre el sofá blanco. El sofá que aún refleja su recuerdo. Quedo inmóvil y a la espera de que el sueño baldío me reconforte el remedo de alma que aún sostengo. Sin embargo, el sueño es como una hoguera siniestra que pone a hervir la amalgama espesa y la cuece a fuego intenso, agregando uno que otro imaginario distraído. Ella aparece desnuda regocijándose entre una colcha de manos, brazos, piernas de otros hombres y otras mujeres, que la tocan y complacen mientras ella despliega una sonrisa que se muestra como el pináculo triste de una venganza increíble. Sabe que la miro, sabe que sufro, sabe que su placer ajeno me parte el manojo de flores verdes que sostengo en mi mano. Corro hacia ella solo para descubrir, que su sudor y su cara de orgasmo se esconden detrás de la pantalla de un televisor viejo en un cuarto vacío. Ella lo reconoce y ríe. Cuando por fin encuentro el control remoto para terminar con toda esta farsa, a su vez el televisor viejo en el cuarto vacío se hunde, en otro televisor viejo en otro cuarto vacío. Y como una pesadilla estúpida sacada de cualquier episodio de la dimensión desconocida, quedo atrapado en un laberinto de ilusiones reiterativas, infinitamente agobiantes y donde la salida se esconde en la puerta de entrada en una cinta de sucesos crudos e interminables.
Me despierta el sol con sus gritos, graznidos, aullidos y gemidos. El olor a café me trae de vuelta a la realidad oscura de mis días. Aparece en la sala una mujer de mediana edad, poseedora de una belleza inquieta. Oscura pero inquieta. Sus formas aunque familiares, son distantes, más aún cuando llevo lo que parecen lustros persiguiendo a otra mujer a través de mis sueños.
"Anoche no llegaste a tu cama"
Su voz no tiene el tono del reclamo, sino más bien carga el peso de una tristeza honda y consistente.
Es carolina, mi esposa. Nos conocimos una tarde de abril bajo el sol del verano cursi. Nos amamos en el frenesí de los estudiantes pobres, haciendo el amor en los oscuros rincones de las estaciones del metro, contando monedas para compartir un simple sánduche con sabor a gloria y colándonos en las fiestas desconocidas con tal de burlarnos del vals, de los vinos, del ambiente serio y presumido de las celebraciones tristes.
Mi abuela solía decir que cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana. Estoy seguro que lo mismo sucede con la opulencia, el poder y todas esas huevonadas que perseguimos como si no existiera un mañana. Los grandes sueldos, los cargos con nombres de muchas letras, los compromisos infranqueables, los hijos distantes, las posturas imposibles. Ahora no tomamos el metro, muchos menos volvimos a hacer el amor en las fauces del peligro. Somos el cliché hecho pareja, y yo, la remato dejando que mi corazón se refunda en busca del amor de una adolescente sin remedio.
¿Qué hijueputa locura es esta? ¿Por qué la vida se presenta así de incompleta y desordenada? ¿Por qué, mientras carolina se desnuda suave y tierna, me besa y empieza a hacerme el amor sin afanes, rencores o recuerdos, yo, aunque presente, no puedo dejar se pensar en carla, en sus enormes labios grises, en sus palabras fuertes a la hora de venirse, en sus ojos, en sus versos, en su despojada alma?
Por el momento la que se viene es carolina. Termina y me abraza. Antes de irse se detiene inconsecuente. Me acaricia el oído con su palabras.
"Te amo, siempre te voy a amar precioso. Me hiciste acordar de nuestras tardes en paris y su metro. Qué delicia!!"
Y yo, que al parecer también tuve un orgasmo precoz e intrascendente, me quedo ahí esperando que el sol se calle un segundo sus acusaciones febriles y sus reproches secos.
Yo me quedo quieto tratando que, el tiempo insensato y la vida inclemente, por fin se detengan.

Diacronía

Y si me miro profundo al espejo, no es porque quiera ahondar en mis líneas. No preciso reiterar la concepción certera de mi mismo. Ya bastante bien conozco mi geografía, mis ríos y mareas, mis vientos y climas, mis poemas.
Por el contrario, quiero saber más sobre el exterior invisible. Una cosa es mirar el mundo a través de nuestros ojos llenos de filtros de colores y velos inocentes, otra es mirarlo en vez por el minúsculo orificio que presumen los espejos muertos. Esencialmente, porque esta última realidad nos incluye. Estamos ahí presentes, como actores de un mundo que no nos pertenece y nos disculpa. Estamos ahí sin querer serlo, sin querer venderlo, sin querer hablar de ello.
Y me fundo en estudiar esta realidad que es ante todo, aparente. Quiero esculcarla. Quiero escarbar en sus luces, sombras y volúmenes esa, su certeza, su autenticidad, evidencia clara de su fatuta esencia y existencia.
¿Será? ¿Es?
¿Cómo sabemos que la realidad de los espejos es en verdad la forma inequívoca de nuestra constancia fuerte? ¿Somos quienes nos vemos? ¿Nos vemos los que nos encontramos? ¿Encontramos lo que queremos?
Y entonces espero con la atención densa. Mi mirada fija al viento inefable que surca la película que se va mostrando en la superficie lisa. Mis oídos y demás sentidos clavados de este otro lado. Intento, en un paralelo inequívoco, comparar segundo a segundo lo que veo a través del espejo contra lo que mis demás sentidos delatan sucede realmente.
¿Qué pasaría si entre ambos presentes se llega a generar alguna inconsistencia insana? ¿Si de repente la luz del estallido llega antes o después que su sonido, si de mi boca se pronuncian voces que escucho increíblemente a destiempo, si los vasos caen y se destrozan en el suelo duro reflejo y en mis manos no se rompen?
No sucede. Nada cambia. Son dos sincronías perfectas que no intercambian el menor pulso de incompensación.
Y profundizo sigo en el verde crónico de mis ojos solos. ¿Acaso tú, personaje inmóvil de mi apariencia cierta, siente lo mismo que late mi corazón absurdo? ¿Qué sonidos te abrigan en el frío incierto de tu vivencia inerte?
Guardo silencio interno. Detengo mis pensamientos. Sostengo la voz presente.
De repente me pierdo en el viaje eterno de la luz profunda. ¿Quién es quién? ¿Sigo siendo yo acaso, o me he adentrado en mi reflejo y él en consecuencia inversa, sostiene ahora mi propio universo? ¿Cómo hago para saber si lo que veo a través del espejo sigue siendo este plano paralelo, o es ahora la ventana cierta a la verdad conciencia? ¿Habré quedado atrapado en otro irreal firmamento, y será mi existencia alternativa la dueña ahora de mi mundo, mi piel, mi gato, mi mujer, mi ser?
No lo puedo descifrar. No tengo puntos de comparación o conciencia plena de lo que acaba de suceder. Y al final concluyo, no importa. Porque mundo, piel, gato, mujer, ser, también existen plenos a este otro lado del viento.
Antes de apartarme del espejo ante tal posible acontecimiento, miro por última vez mi reflejo. Me responde con una pícara sonrisa, como si él supiera lo que no es cierto. ¿O soy yo acaso, quién se está sonriendo?

sympathy

Así como hay cosas difíciles de decir, claramente hay cosas difíciles de escuchar. Esto es ambas.
Soy el diablo. Y no lo digo en el sentido figurado de que sea una mala persona, o restriegue mi existencia en el césped carmesí de los placeres mundanos de la vida.
En verdad, soy el diablo. El patas, belcebú, satanas, luzbel, el señor de las moscas, la cabra maldita, lucifer.... you name it. I am it.
Y sé que dicha afirmación es tan grande, tan poderosa, tan verrácamente inverosímil y difícil de masticar, que la reacción por excelencia de cualquier persona con algunos gramos de sensatez y unos mililitros de sentido común será gruñir en desprecio y descartar estas letras por algo mejor que leer en su entre tiempo.
Pero sí, soy el diablo. Aquel personaje mítico de las escrituras, el bello ángel caído en su osadía y desterrado en el infinito amor de dios, personificado por al pacino y robert de niro, odiado y temido, venerado (¿¡?), antítesis de todo lo bueno, de lo maravilloso, tormenta al cielo azul y dolor descontrolado a la felicidad austera.
Ese.... soy yo.
Y el porqué les hablo desde esta tribuna en esta voz y con este lenguaje, tiene una sencilla y básica explicación: aburrimiento. Blanco, plano, tenue y controlado aburrimiento. Quizás sea mi castigo infinito por haber osado levantar mi voz al candor divino... jajajaja. O quizás simplemente, mi tiempo es semejante al del viejito en la esquina, quien ve como día a día nacen, viven, ven televisión y mueren, generaciones y generaciones de mariposas dulces, mientras él sigue sin angustia, a la espera de que un evento descomunal lo siembre por fin eterno en los límites del cementerio.
Y al igual que el viejito, también estoy aburrido.
Aburrido de la eternidad mísera, del tiempo inextinguible y de las hojas del saúco que se rehúsan a caer al pavimento. ¿Te acuerdas cuando tenías siete años y tenias que esperar que tu mamita lilia (o como diablos se llame) saliera del salón de belleza mientras todo tu cuerpo quería abrazar el atardecer pleno y correr por los charcos olvidados con el ímpetu de una locomotora y dominar el suelo a gritos carcajadas? ¿Te acuerdas de la sensación, del corazón a medio trote, de la barriga vacía, del sudor en la lengua? Así me siento yo.
Y si, si siento.
Parte del aburrimiento es ese. La mala fama que tengo. La gente me presupone como una combinación entre pablo escobar y superman. O entre hitler y harry potter. Un ser absurdamente malo, dañado, perverso, con todo el poder del mundo.... ¿Saben cuán absurdo es eso? ¿Ustedes creen que si fuera absolutamente malo y poderoso, estarían cada uno de ustedes perdiendo el tiempo frente a este blog? Ya los tendría barriendo en rodillas con un cepillo de dientes al estadio maracaná después de un clásico, y no miren así que yo que putas voy a saber que clásicos se presentan en el maracaná, pero la idea es esa.
Y tampoco aplica para el otro lado. Dios tampoco es absoluto nada. Y ¿saben qué?, él también está aburrido.
Pero bueno, no quiero ahora que estas letras se centren en su espléndida majestad, todo poderoso, señor del cielo y la tierra, creador de todo lo visible e invisible, dios de dios, luz de luz,,,, jajajaja, NO!!. Además no saben lo que me burlo de esta perorata insulsa y para que no vayan ahora a tacharme como el hijueputa del paseo, también él se burla.
Pero bien.
Volvamos al aburrimiento. Sigo aburrido porque después de la extinción de los dinosaurios en este estúpido planeta no pasa absolutamente nada. Claramente el internet, miley cirrus y la segunda guerra mundial son un poco más entretenidos que ver a estos descomunales lagartos aplastar cipreses y divagar hacia el infinito sin entender pepa de lo que está sucediendo. Lo que me recuerda: de nada, lo del meteorito en yucatán fue idea y elaboración mía, por lo que ustedes malditas pulgas me deben todos un entonado gracias. Y si no saben de qué estoy hablando, a ver si le metemos más wikipedia a la vida ¿no?.
Yo la verdad pensé que ustedes como especie iban a ser más intrigantes. Aposté mis huevos que no iban a superar la crisis de la bahía de cochinos (no jodas, qué dijimos de wikipedia), o que la peste negra por lo menos habría de lograr que el mundo fuera dominada por los amerindios color canela y no por los pálidos y escuálidos europeos. Y no sean imbéciles que estados unidos también es europa, o se me olvida que a los gringos los colonizó el imperio tongo tongonez.
Esperaba más de ustedes en el sentido en que la conciencia es un regalo muy verriondo. Ustedes no tienen ni idea, ni valoran lo que es.... ser conscientes. El poder comprender su existencia, el maravillarse con el sensato azul del cielo, el enamorarse y desamorarse, el llorar de alegría, gritar de placer y reír de dolor, son un beneplácito del más alto calibre, que mereciera un poco más de perrenque para vivir, afrontar y ser dueños de sus vida.  Volvamos a los putos dinosaurios. ¿Les hubiera gustado seguir divagando bobos grandes a través de la planicie sola? O quizás, ¿ser un mosquito?. En este momento es en el que en verdad me gustaría ser harry potter y convertir a más de uno allá afuera en mosquito, para que se den cuenta de lo que estoy hablando. Igual, entre facebook, instagram, la novela de las nueve y el partido del domingo....todos ustedes no son más que una orda insensible de mosquitos baratos.
Y como ya los veo con esa cara de cómo es que el diablo nos está dando cátedra de filosofía barata y zapatos de goma (dios bendiga a charly garcía), los voy a contextualizar en mi realidad.
No tengo claro muchas cosas. No sé de donde vengo ni el porqué de mi existencia eterna, ni de donde proviene el poder de hacer las cosas que puedo hacer. Lo que si tengo claro, es que no provengo de dios, ni de zeus, o brahma o lo que sea. Soy, y he sido, y el objetivo de mi existencia como yo la entiendo requiere que les implante un par mas de microchips en el spaguetti neuronal ese que llaman "ser" para que puedan acercarse a mi razonamiento.
Les voy a explicar qué soy con un ejemplo. Imagínense van caminando solos por la planicie urbana. Se aparecen un par de ladrones (no los envié yo). Después de casi desnudarte y amenazarte con mandarte a venir a visitarme, se llevan todo.... a excepción del anillo de compromiso que tu abuelo le entregó a tu abuela hace casi un siglo. Y te quedas con esa duda metódica, circunstancial, aparente... de no saber si lo que acaba de pasar es un milagro, o una maldición, porque si que odiaste a tu abuelo,.... pero si que amaste a tu abuela. Te quedas perdido en un anagrama de sentimientos prehistóricos y sensaciones exógenas sin que el hecho de estar perdido en ropa interior en la mitad del universo conocido tenga la menor importancia. Ese, soy yo. Soy la pregunta constante, la casualidad inconclusa, el milagro revuelto, el hecho encubierto. Soy el número de baloto escondido en la baraja de cartas que acaba de caer al suelo, soy el bus sin frenos que no te atropella a tí, pero estampilla a tu novia con la que te ibas a casar pasado mañana (igual te estaba cachoneando). Soy el punto negro, en el lienzo negro. Pero soy el punto que te hace querer que mejor todo fuera blanco, o que te hace preguntar por qué no rojo, o por qué un lienzo y no un pedazo de cartón corrugado de esos en los que empacan las lavadoras cuando son nuevas. Soy el paso diminuto con repercusiones trashumantes.
No tengo nada que ver con el mal, con la infelicidad o los malos momentos. El mal como lo entienden ustedes, no es más que una visión de las cosas planas y sin trascendencia con las que mi competencia y yo jugamos. Nosotros creamos los escenarios, ustedes toman las decisiones y se pueblan con sentimientos y emociones. Y digamos que, ese pedazo de la historia es interesante, o lo fue hasta un corto instante. Porque a la larga, ustedes son tan increíblemente predecibles y tan orgánicamente producidos en serie, que poco asombra que la historia sea un espiral inerte de repeticiones inconclusas y visiones cansadas. Y por si lo estás preguntando, le hemos metido algo de mano a la vida y a la evolución (como lo de los dinosaurios), pero nada que ver con el increíble y ahí si milagroso poder que tiene la vida para ser y estar.
Mi existencia también es un milagro con el cual he convivido por eones, y he tenido mis momentos de desentendimiento (el oscurantismo) y periodos de meterle full la ficha (el renacimiento). He pensado mucho en salir corriendo, pero a diferencia de ustedes malditos pusilánimes, no puedo suicidarme. El suicidio es un poco improbable para un ser inmortal.
Y pues ya. Ya también hasta me aburrí de escribir.
Me voy a pudrirme de soledad y desespero mientras elvis y hendrix siguen jugando póquer en mi sala, y yo, decido si en el siguiente bus que tu tomes vendrá el amor de tu vida.... o el amor de tu muerte.

Hey, apaga la luz.

Entro al cuarto y prendo la luz. Finalmente no hay mucho que ver. Solo un arrume de libros viejos y poco usados. Palabras inertes y cándidas para este viejo incierto. Nada que a la larga pueda quitarme la tos o vencer mi adormecimiento.
Y me quedo mirando la luz por largo tiempo. Tanto, solo para esperar el mejor amigo que los años pueden dar a un hombre desierto: el embriagarse triste en sus recuerdos.
Me acuerdo cuando le hice el amor a carolina. La conocí una tarde de carcajadas ausentes, miradas esquivas y cervezas ardientes. Aunque habíamos cruzado palabras muertas en cualquier clase verde, esa tarde nuestra rima fue más poderosa que los intentos. Terminamos en su cama, ella borracha e inconsciente. Yo poderoso, lleno, increíblemente apuesto. Le hice el amor a mi manera, rápido silencioso, nada extenso. Me vine sin preámbulos, sin gemidos, sin acento. Cuando me salí, la descubrí absorta en quién sabe que pensamiento. No la volví a ver. Quizás por el olor de mi desacierto. Tal vez por el temor de la ausencia en la que se fundieron nuestros alientos.
De ahí salto a mi primer entierro. Mi madre, muerta sin resentimiento. Su cuerpo suave y espeso al mismo tiempo. Sus sermones aún presentes. Lloro, pero no lo intento. Suspiro, pero no lo entiendo. Me río, pero no hay consuelo. Qué habrá después de la muerte, le pregunto al universo. Y qué si dios nos espera sonriente en la puerta del infierno. A dónde iran a parar nuestros sueños una vez hayamos mordido este anzuelo. Por qué te vas madre.... por qué no me expresas tu amor de muerto. Por qué ya tus palabras no crean surcos para mis lágrimas y mi desconsuelo.
Y ahí se acaba este viaje eterno. Para que más memorias, si ya me quedo quizas sin aliento.
Apago la luz y espero que dios allá en la puerta de su infierno, haga lo mismo con esta estúpida existencia mía y cierre el interruptor, me de paz, quizás temor, quizás sencillo, tierno y sincero arrepentimiento.

In the mountains...

Stay still. Don't say a word. Just listen to my heart.
I love you, beyond any doubt, beyond any reason. Beyond what we are, what we were, what we could've been.
Just let my lips touch your skin. Just let my hands follow the flow of the wind. Just let us be, and be in this moment.
Let me sit here behind you, and we both behind our fears, behind our deepest sorrows.
And now let me go, you knowing I will love you forever, me not knowing if I'll ever see you again.